La bomba de tiempo en el laboratorio
En 2016, el mundo está dominado por
el paquete liberal del individualismo, los derechos humanos, la democracia y el
mercado libre. Pero la ciencia del siglo XXI socava los cimientos del orden
liberal. Puesto que la ciencia no aborda cuestiones de valor, no puede
determinar si los liberales hacen bien en valorar más la libertad que la
igualdad, o al individuo más que al colectivo. Sin embargo, como cualquier otra
religión, el liberalismo también se basa en lo que considera declaraciones
fácticas u objetivas, además de en juicios éticos abstractos. Y estas
declaraciones fácticas sencillamente no resisten el escrutinio científico
riguroso. Los liberales valoran tanto la libertad individual por-que creen que
los humanos tienen libre albedrío. Según el liberalismo, las decisiones de
votantes y clientes no son deterministas ni aleatorias. La gente está, desde
luego, influida por fuerzas externas y acontecimientos azarosos, pero al final
del día cada uno puede agitar la varita mágica de la libertad y decidir las
cosas por sí mismo. Esta es la razón por la que el liberalismo concede tanta
importancia a votantes y clientes, y nos enseña a seguir los dictados de
nuestro corazón y a hacer lo que hace que nos sintamos bien. Es nuestro libre
albedrío lo que infunde sentido al universo, y, puesto que ningún desconocido
puede saber cómo nos sentimos en verdad o predecir con seguridad nuestras
decisiones, no debemos confiar en ningún Gran Hermano que se ocupe de nuestros
intereses y deseos. Atribuir libre albedrío a los humanos no es un juicio
ético: pretende ser una descripción fáctica del mundo. Si bien esta llamada
descripción fáctica podría haber tenido sentido en la época de Locke, Rousseau
y Thomas Jefferson, no concuerda muy bien con los más recientes descubrimientos
de las ciencias de la vida. La contradicción entre libre albe-drío y ciencia
contemporánea es el elefante en el laboratorio, al que muchos prefieren no ver
mientras miran por sus microscopios y sus escáneres fMRI. En el siglo XVIII,
Homo sapiens era como una misteriosa caja negra, cuyos mecanismos internos
trascendían a nuestra comprensión. De ahí que cuando los estudiosos preguntaban
por qué un hombre empuña un cuchillo y apuña-la a otro hasta matarlo, una
respuesta aceptable era: «Porque decide hacer-lo. Utiliza su libre albedrío
para elegir el asesinato, por lo que es totalmente responsable de su crimen». A
lo largo del último siglo, a medida que los cien-tíficos abrían la caja negra
de los sapiens, fueron descubriendo que allí no ha-bía alma, ni libre albedrío,
ni «yo»…, sino solo genes, hormonas y neuronas que obedecen las mismas leyes
físicas y químicas que rigen el resto de la rea-lidad. Hoy en día, cuando los
estudiosos se preguntan por qué un hombre empuña un cuchillo y apuñala a
alguien hasta matarlo, responder: «Porque decide hacerlo» ya no sirve. En lugar
de ello, genetistas y neuro-científicos proporcionan una respuesta mucho más
detallada: «Lo hace debido a tales o cuales procesos electroquímicos que tienen
lugar en el cerebro que fueron modelados por una determinada constitución
genética, que a su vez refleja antiguas presiones evolutivas emparejadas con
mutaciones aleatorias». Los procesos electroquímicos cerebrales que culminan en
un asesinato son deterministas o aleatorios o una combinación de ambos, pero
nunca son libres. Por ejemplo, cuando una neurona dispara una carga eléctrica,
ello puede ser una reacción determinista a estímulos externos o el resultado de
un acontecimiento aleatorio, como la descomposición espontánea de un átomo
radiactivo. Ninguna de las dos opciones deja margen alguno para el libre
albedrío. Las decisiones que se alcanzan a través de una reacción en cadena de
sucesos bioquímicos, cada uno de ellos determinado por un suceso previo, no son
ciertamente libres. Las decisiones que son el resultado de accidentes
subatómicos aleatorios tampoco son libres. Son, simplemente, fruto del azar. Y
cuando accidentes aleatorios se combinan con procesos deterministas, tenemos
resultados probabilistas, pero esto no equivale a libertad. Supongamos que
fabricamos un robot cuya unidad central de procesamiento está conectada a una
masa de uranio radiactivo. Cuando elige entre dos opciones (pulsar el botón de
la derecha o el de la izquierda, pongamos por caso), el robot cuenta el número
de átomos de uranio que se desintegraron durante el minuto anterior. Si el
número es par, pulsa el botón de la derecha. Si el número es impar, el de la
izquierda. Nunca podremos estar seguros de los actos de un robot así. Pero
nadie calificará de «libre» a este artilugio, y ni soñaríamos con permitirle
votar en unas elecciones democráticas o en responsabilizarle legalmente de sus
actos. Hasta donde llega nuestro conocimiento científico, el determinismo y la
aleatoriedad se han repartido todo el pastel y no han dejado ni una migaja a la
«libertad». La palabra sagrada «libertad» resulta ser, al igual que «alma», un
término vacuo que no comporta ningún significado discernible. El libre albedrío
existe únicamente en los relatos imaginarios que los humanos hemos inventado.
El último clavo en el ataúd de la libertad lo proporciona la teoría de la
evolución. De la misma manera que la evolución no puede armonizar con almas
eternas, tampoco puede tragarse la idea del libre albedrío. Porque si los
humanos son libres, ¿cómo pudo haberlos modelado la selección natural? Según la
teoría de la evolución, todas las decisiones que los animales toman (ya se
refieran a residencia, alimento o pareja reproductiva) reflejan su código
genético. Si, gracias a sus genes adecuados, un animal elige comer una seta
nutritiva y copular con parejas sanas y fecundas, sus genes pasan a la
generación siguiente. Si, debido a genes inadecuados, un animal elige setas
venenosas y parejas anémicas, sus genes se extinguen. Sin embargo, si un animal
elige «libremente» qué comer y con quién aparearse, entonces la selección
natural se queda sin nada sobre lo que operar. Cuando a la gente se le plantean
estas explicaciones científicas, a menudo las apartan e señalan que ellos se
sienten libres y actúan según sus propios deseos y decisiones. Es cierto. Los
humanos actúan según sus deseos. Si por «libre albedrío» se entiende la
capacidad de actuar según nuestros deseos…, entonces sí, los humanos tienen
libre albedrío, al igual que los chimpancés, los perros y los loros. Cuando un
loro quiere una galletita, come una galletita. Pero la pregunta del millón de
euros no es si loros y humanos pueden llevar a término sus deseos íntimos: la
pregunta es si, para empezar, pueden elegir sus deseos. ¿Por qué quiere el loro
una galletita en lugar de un pepino? ¿Por qué decido matar al pesado de mi
vecino en lugar de ofrecerle la otra mejilla? ¿Por qué quiero comprar el coche
rojo en lugar del negro? ¿Por qué prefiero votar por los conservadores en lugar
de hacerlo por el Partido Laborista? No elijo ninguno de estos deseos. Siento
que un deseo concreto aflora en mí porque esta es la sensación que los procesos
bioquímicos crean en mi cerebro. Dichos procesos podrían ser deterministas o
aleatorios, pero no libres. El lector podría replicar que al menos en el caso
de decisiones importantes, como matar al vecino o elegir un gobierno, mi
decisión no refleja un sentimiento momentáneo, sino una contemplación larga y
razonada de argumentos de peso. Sin embargo, hay muchos trenes posibles de
argumentos que yo podría seguir, algunos de los cuales harán que vote a los
conservadores, otros que vote a los laboristas, y aún otros que vote UKIP o
que, simplemente, me quede en casa. ¿Qué hace que me embarque en un tren de
razonamientos y no en otro? En la estación Paddington de mi cerebro puedo verme
impelido a tomar un determinado tren de razonamiento por procesos deterministas
o bien puedo embarcarme al azar. Pero no elijo «libremente» pensar aquellos
pensamientos que me harán votar a los conservadores. No se trata simplemente de
hipótesis o especulaciones filosóficas. Hoy en día podemos usar escáneres
cerebrales para predecir los deseos y las decisiones de una persona mucho antes
de que ella misma sea consciente de ellos. En un experimento en particular, se
introduce a la persona en un enorme escáner cerebral y se le da un interruptor
para cada mano. Se le dice que pulse uno de los dos siempre que tenga ganas de
hacerlo. Los científicos que observan la actividad neural del cerebro pueden
predecir qué interruptor pulsará la persona mucho antes de que lo haga, e
incluso antes de que esta sea consciente de su intención. Los acontecimientos
neurales que tienen lugar en el cerebro y que indican la decisión de la persona
empiezan entre unos pocos milisegundos y unos pocos segundos antes de que la
persona sea consciente de esta elección. La decisión de pulsar el interruptor
derecho o el izquierdo refleja ciertamente la elección de la persona. Pero no
es una elección libre. En realidad, nuestra creencia en el libre albedrío es el
resultado de una lógica defectuosa. Cuando una reacción bioquímica en cadena
hace que yo desee pulsar el interruptor de la derecha, siento que realmente
quiero pulsar el interruptor de la derecha. Y es verdad. Realmente quiero
pulsarlo. Pero la gente saca erróneamente la conclusión de que si quiero
pulsarlo es porque elegí querer pulsarlo. Esto es, desde luego, falso. Yo no
elijo mis deseos. Solo los siento, y actúo en consecuencia. No obstante, la
gente sigue discutiendo sobre el libre albedrío porque incluso los científicos
continúan usando con demasiada frecuencia conceptos teológicos obsoletos.
Teólogos cristianos, musulmanes y judíos debatieron durante siglos las
relaciones entre el alma y el albedrío. Suponían que cada humano posee una esencia
interna e íntima (llamada alma) que es mi yo verdadero. Mantenían además que
este yo posee varios deseos, de la misma manera que posee vestidos, vehículos y
casas. Presuntamente, yo elegía mis deseos de la misma manera que elegía mis
vestidos, y mi sino está determinado por estas elecciones. Si elijo buenos
deseos, voy al cielo. Si elijo malos deseos, me envían al infierno. Y entonces
surgió la pregunta: ¿cómo elijo exactamente mis deseos? Por ejemplo, ¿por qué
Eva deseó comer el fruto prohibido que le ofreció la serpiente? ¿Se la obligó a
tener este deseo? ¿Surgió en ella por pura casualidad? ¿O bien lo eligió ella
«libremente»? Si no lo eligió libremente, ¿por qué castigarla por ello? Sin
embargo, cuando aceptamos que no hay alma y que los humanos no tienen una
esencia interna llamada «el yo», ya no tiene sentido preguntar: «¿Cómo elige el
yo sus deseos?». Es como preguntarle a un soltero: «¿Cómo elige la ropa tu
esposa?». En realidad, solo hay una corriente de conciencia, y los deseos
surgen y transcurren dentro de dicha corriente, pero no hay un yo permanente
que posea los deseos, de modo que no tiene sentido preguntar si elijo mis
deseos de manera determinista, aleatoria o libre. Puede parecer muy complicado,
pero es sorprendentemente fácil comprobar esta idea. La próxima vez que surja
un pensamiento en la mente del lector, deténgase y pregúntese: «¿Por qué he
pensado este pensamiento concreto? ¿He decidido hace un minuto pensar este
pensamiento y solo entonces lo he pensado? ¿O simplemente ha surgido de mi
mente, sin mi permiso o mi instrucción? Si soy realmente dueño de mis
pensamientos y decisiones, ¿puedo decidir no pensar absolutamente nada en los
próximos sesenta segundos?». Pruébelo, y vea qué ocurre.
Dudar del libre albedrío no es solo
un ejercicio filosófico. Tiene implicaciones prácticas. Si los organismos en
verdad carecen de libre albedrío, ello implica que podemos manipular e incluso
controlar sus deseos mediante el uso de drogas, ingeniería genética y
estimulación directa del cerebro. Si el lector quiere ver la filosofía en
acción, haga una visita a un laboratorio de robot-ratas. Una robot-rata es una
rata común y corriente con una pequeña variación: tienen en las áreas
sensoriales y de recompensa del cerebro electrodos implantados por científicos.
Esto permite a los mismos manipular a la rata por control remoto. Tras breves
sesiones de entrenamiento, los investigadores han conseguido no solo que las
ratas giren a la izquierda o a la derecha, sino también que suban escaleras,
olisqueen alrededor de montones de basura y hagan cosas que normalmente a las
ratas no les gusta hacer, como saltar desde grandes alturas. Ejércitos y
empresas muestran un gran interés por las roborratas, con la esperanza de que
puedan resultar útiles en muchas tareas y situaciones. Por ejemplo, podrían
ayudar a detectar supervivientes atrapados bajo los escombros de un edificio,
localizar bombas y trampas escondidas y cartografiar túneles subterráneos y
cuevas. Los activistas defensores del bienestar animal han hecho oír su
preocupación sobre el sufrimiento que tales experimentos pueden provocar en las
ratas. El profesor Sanjiv Talwar de la Universidad Estatal de Nueva York, uno
de los principales investigadores de roborratas, ha desechado tales
preocupaciones, aduciendo que en realidad las ratas disfrutan con los
experimentos. Después de todo, explica Talwar, las ratas «trabajan por placer»,
y cuando los electrodos estimulan el centro de recompensa de su cerebro, «la
rata siente el nirvana».[3] Hasta donde sabemos, la rata no percibe que alguien
la controla ni que alguien la obliga a hacer algo contra su voluntad. Cuando el
profesor Talwar pulsa el control remoto, la rata quiere ir hacia la izquierda,
razón por la que se desplaza a la izquierda. Cuando el profesor pulsa otro
interruptor, la rata quiere trepar por una escalera, razón por la que trepa por
la escalera. Al fin y al cabo, los deseos de la rata no son otra cosa que un
patrón de neuronas que disparan. ¿Qué importa si las neuronas disparan porque
son estimuladas por otras neuronas o por electrodos trasplantados conectados al
control remoto del profesor Talwar? Si le preguntáramos a la rata al respecto,
bien podría contestar: «¡Pues claro que tengo libre albedrío! Mira, quiero
dirigirme hacia la izquierda, y voy hacia la izquierda. Quiero trepar por una
escalera, y trepo por una escalera. ¿No demuestra esto que tengo libre
albedrío?». Experimentos realizados en Homo sapiens indican que, al igual que
las ratas, los humanos también pueden ser manipulados, y que es posible crear o
aniquilar incluso sentimientos complejos tales como el amor, la ira, el temor y
la depresión mediante la estimulación de los puntos adecuados del cerebro
humano. Recientemente, las fuerzas armadas estadounidenses han iniciado
experimentos en los que se implantan chips informáticos en el cerebro de
personas, con la esperanza de utilizar este método para tratar a soldados que
padecen el trastorno de estrés postraumático.[4] En el hospital Hadassah de
Jerusalén, los médicos han iniciado un tratamiento novedoso para pacientes con
depresión aguda. Implantan electrodos en su cerebro y conectan los electrodos a
un ordenador minúsculo implantado en su pecho. Al recibir una orden del
ordenador, los electrodos emplean corrientes eléctricas débiles para paralizar
el área cerebral responsable de la depresión. El tratamiento no siempre tiene
éxito, pero en algunos casos los pacientes informaron de que la sensación de
oscura futilidad que les había atormentado toda la vida desaparecía como por
arte de magia. Un paciente se quejó de que varios meses después de la operación
había tenido una recaída, y estaba abrumado por una depresión grave. Al
inspeccionarlo, los médicos encontraron el origen del problema: la batería del
ordenador se había agotado. Una vez cambiaron la batería, la depresión se
desvaneció rápidamente.[5] Debido a restricciones éticas obvias, los
investigadores solo implantan electrodos en el cerebro humano en circunstancias
especiales. Por ello, los experimentos más relevantes en humanos se realizan
empleando dispositivos no intrusivos con forma de casco (que se conocen
técnicamente como «estimuladores transcraneales con corriente continua»). El
casco está dotado de electrodos que se fijan al cuero cabelludo desde el
exterior. Produce campos electromagnéticos débiles y los dirige hacia áreas
específicas del cerebro, con lo que estimula o inhibe las actividades
cerebrales seleccionadas. Las fuerzas armadas estadounidenses experimentan con
estos cascos con la esperanza de aguzar la capacidad de concentración y mejorar
el rendimiento de los soldados, tanto en las sesiones de instrucción como en el
campo de batalla. Los principales experimentos se realizan en la Dirección
General de Efectividad Humana, situado en una base de la fuerza aérea de Ohio.
Aunque los resultados no son en absoluto concluyentes, y aunque el despliegue
publicitario alrededor de los estimuladores transcraneales va mucho más allá de
los logros reales, varios estudios han indicado que el método puede
efectivamente aumentar la capacidad cognitiva de operadores de drones,
controladores de tráfico aéreo, francotiradores y otro personal cuyas funciones
requieran largos períodos de atención intensa.[6] A Sally Adee, periodista de
New Scientist, se le concedió permiso para visitar unas instalaciones de
entrenamiento para francotiradores y comprobó por sí misma los efectos. Al
principio entró en un simulador de campo de batalla sin el casco transcraneal.
Sally describe cómo se vio abrumada por el miedo al ver a veinte hombres
enmascarados, con bombas suicidas fijadas al cuerpo y armados con rifles,
arremeter directamente contra ella. «Por cada uno que consigo matar —escribe
Sally—, tres nuevos asaltantes aparecen de la nada. Es evidente que no disparo
con la suficiente rapidez, y el pánico y la incompetencia hacen que
continuamente trabe el rifle». Por suerte para ella, los asaltantes eran solo
imágenes de vídeo proyectadas sobre las enormes pantallas que la rodeaban. Aun
así, estaba tan decepcionada por su bajo rendimiento que estuvo a punto de dejar
caer el arma y salir del simulador. Después la conectaron al casco. Informa que
no notaba nada extraño, excepto un ligero hormigueo y un raro sabor metálico en
la boca. Pero empezó a cazar a los terroristas de uno en uno, tan fría y
metódicamente como si fuera Rambo o Clint Eastwood. «Cuando veinte de ellos
corren hacia mí blandiendo sus armas, apunto serena con el rifle, me tomo un
momento para respirar profundamente y le doy al más cercano, antes de elegir
con calma mi siguiente objetivo. Con la sensación de que no ha pasado el
tiempo, oigo una voz que dice en alto “Muy bien, ya está”. Las luces se
encienden en la sala de simulación… En el repentino silencio y entre los
cuerpos que me rodean, en verdad esperaba más asaltantes, y me siento un poco decepcionada
cuando el equipo empieza a retirarme los electrodos. Miro arriba y me pregunto
si alguien habrá adelantado los relojes. Inexplicablemente, han pasado veinte
minutos. “¿A cuántos he acertado?”, pregunto a la ayudante. Me mira perpleja.
“A todos”». El experimento cambió la vida de Sally. En los días siguientes se
dio cuenta de que había pasado por una «experiencia casi espiritual […]; lo que
definía la experiencia no era sentirse más listo o aprender más deprisa: lo que
hizo que la tierra desapareciera bajo mis pies fue que, por primera vez en mi
vida, en mi cabeza todo se había callado al fin. […] La ausencia de inseguridad
en mi cerebro fue una revelación. De repente se hizo aquel silencio increíble
en mi cabeza […]. Espero que puedan comprenderme, pero lo que más ansiosamente
deseé durante las semanas que siguieron a mi experiencia era volver y
conectarme de nuevo a aquellos electrodos. También empecé a plantearme muchas
preguntas. ¿Quién era yo, al margen de los gnomos airados e implacables que pueblan
mi mente y que me empujan al fracaso porque tengo demasiado miedo para probar?
¿Y de dónde procedían aquellas voces?».[7] Algunas de aquellas voces repiten
los prejuicios de la sociedad, otras son el eco de nuestra historia personal, y
aún otras articulan nuestra herencia genética. Todas juntas, afirma Sally,
crean un relato invisible que modela nuestras decisiones conscientes de formas
que rara vez comprendemos. ¿Qué ocurriría si pudiéramos reescribir nuestros
monólogos interiores o incluso silenciarlos completamente de cuando en
cuando?[8] En 2016, los estimuladores transcraneales se hallan todavía en su
infancia, y no está claro si se convertirán en una tecnología madura ni cuándo
lo harán. Por el momento proporcionan capacidades mejoradas solo durante breves
períodos, e incluso la experiencia de veinte minutos de Sally Adee podría ser
algo excepcional (o quizá incluso el resultado del notorio efecto placebo). La
mayoría de los estudios publicados de estimuladores transcraneales se basan en
muestras muy reducidas de personas que operaban bajo circunstancias especiales,
y los efectos y peligros a largo plazo son totalmente desconocidos. Sin
embargo, si la tecnología acaba madurando o si se encuentra algún otro método
para manipular las pautas eléctricas del cerebro, ¿cómo repercutirá esto en las
sociedades humanas y en los seres humanos? La gente bien podría manipular sus
circuitos eléctricos cerebrales no solo para disparar a terroristas, sino
también para conseguir objetivos liberales más mundanos; a saber: para estudiar
y trabajar de manera más eficiente, sumergirnos en juegos y pasatiempos y ser
capaces de centrarnos en lo que nos interese en cualquier momento particular,
ya sean las matemáticas o el fútbol. Sin embargo, si tales manipulaciones se convierten
en rutina, el supuesto libre albedrío de los clientes se convertirá simplemente
en otro producto que podremos comprar. ¿Queremos dominar el piano pero cada vez
que llega la hora de practicar preferimos ver la televisión? No hay problema:
solo pongámonos el casco, instalemos el programa adecuado y tendremos muchas
ganas de tocar el piano. El lector podría contra argumentar que la capacidad de
silenciar o mejorar las voces de su cabeza reforzará en realidad su libre
albedrío, en lugar de socavarlo. Ahora, a menudo no conseguimos alcanzar
nuestros deseos más queridos y auténticos debido a distracciones externas. Con
la ayuda del casco de atención y de dispositivos similares podríamos silenciar
más fácilmente las voces extrañas de sacerdotes, manipuladores, publicistas y
vecinos, y centrarnos en lo que queremos. Sin embargo, como veremos en breve,
la idea de que tenemos un único yo y que, por lo tanto, podemos distinguir
nuestros deseos auténticos de las voces ajenas no es más que otro mito liberal,
que investigaciones científicas recientes han desacreditado.