lunes, 17 de julio de 2017

De oráculo a soberano

De oráculo a soberano
Cuando Google, Facebook y otros algoritmos se conviertan en oráculos omniscientes, bien podrían evolucionar para convertirse en representantes y finalmente en soberanos. Para comprender esta trayectoria, considérese el caso de Waze, una aplicación de navegación basada en el GPS que muchos conductores emplean en la actualidad. Sin embargo, Waze no es solo un mapa. Sus millones de usuarios lo actualizan constantemente con información sobre atascos, accidentes y presencia de coches policiales. De ahí que Waze sepa desviarnos del tráfico intenso y llevarnos hasta nuestro destino por la ruta más rápida posible. Cuando llegamos a un cruce y nuestro instinto nos dice que giremos a la derecha pero Waze nos indica que giremos a la izquierda, los usuarios más tarde o más temprano aprenden que es mejor hacer caso a Waze y no a sus sensaciones. A primera vista parece que el algoritmo de Waze nos sirve solo como oráculo. Le hacemos una pregunta, el oráculo contesta, pero somos nosotros los que tenemos que tomar la decisión. Sin embargo, si el oráculo se gana nuestra confianza, el siguiente paso lógico es convertirlo en un representante. Damos al algoritmo solo un objetivo último, y él actúa para alcanzar dicho objetivo sin nuestra supervisión. En el caso de Waze, esto puede suceder cuando lo conectamos a un coche automático y le decimos: «Toma la ruta más rápida hasta casa» o «Toma la ruta más pintoresca», o «Toma la ruta con la que contamine menos». Nosotros dirigimos la orquesta, pero dejamos que sea Waze quien ejecute nuestras órdenes. Finalmente, Waze podría convertirse en soberano. Al tener tanto poder en sus manos y saber mucho más que nosotros, podría empezar a manipularnos, modelando nuestros deseos y tomando decisiones por nosotros. Por ejemplo, supongamos que, debido a que Waze es bueno, todo el mundo empieza a usarlo. Y supongamos que hay un atasco en la carretera n.º 1, mientras que la carretera n.º 2 está relativamente despejada. Si Waze deja que todos lo sepan, todos los conductores se dirigirán a la carretera n.º 2, y también esta quedará congestionada. Cuando todo el mundo emplea el mismo oráculo y todo el mundo cree en él, el oráculo se transforma en un soberano. De modo que Waze debe pensar por nosotros. Quizá solo informe a la mitad de los conductores de que la carretera n.º 2 está despejada y oculta dicha información a la otra mitad. De esta forma, la congestión se aliviará en la carretera n.º 1 sin bloquear la n.º 2. Microsoft está desarrollando un sistema mucho más sofisticado llamado Cortana, nombre que procede de un personaje de IA de su popular serie de videojuegos Halo. Cortana es un asistente personal de IA que Microsoft espera incluir como característica integral en futuras versiones de Windows. Se animará a los usuarios a que permitan que Cortana acceda a todos sus archivos, correos electrónicos y aplicaciones para conocerlos bien y poder ofrecer consejo sobre multitud de cuestiones, así como convertirse en un agente virtual que represente los intereses del usuario. Cortana podría recordarnos que compremos algo para el cumpleaños de nuestra esposa, elegir el regalo, reservar una mesa en el restaurante y recordarnos que tenemos que tomar el medicamento una hora antes de la cena. Podría recordarnos que si no dejamos de leer ahora, llegaremos tarde a una importante reunión de negocios. Cuando estemos a punto de entrar en la reunión, Cortana nos advertirá de que nuestra tensión arterial es demasiado elevada y nuestro nivel de dopamina demasiado bajo, y, basándose en estadísticas anteriores, nos recordará que en tales circunstancias solemos cometer graves errores comerciales, de modo que será mejor que mantengamos las cosas indefinidas y evitemos comprometernos o firmar ningún acuerdo. Cuando los Cortana evolucionen de oráculos a representantes, podrían empezar a hablarse directamente entre sí, en nombre de sus dueños. Esto podría empezar de manera muy inocente, cuando mi Cortana contacte con el tuyo para acordar un lugar y una fecha de reunión. Al poco tiempo, un empresario podría decirme que no me moleste en enviarle mi currículum, sino que sencillamente deje que su Cortana pregunte a mi Cortana. O el Cortana de un amante potencial podría acercarse a mi Cortana, y los dos podrían comparar notas para decidir si haríamos buena pareja… sin que los dueños humanos lo sepamos. A medida que los Cortana adquieran autoridad, podrían empezar a manipularse los unos a los otros en beneficio de los intereses de sus dueños, de modo que el éxito en el mercado laboral o en el matrimonial podría depender cada vez más de la calidad de nuestro Cortana. La gente rica que posea el Cortana más actualizado tendría una ventaja decisiva sobre la gente pobre con versiones más antiguas. Pero la cuestión más turbia de todas se refiere a la identidad del dueño del Cortana. Tal como hemos visto, los humanos no son individuos y no poseen un único yo unificado. Así, pues, ¿a qué intereses servirá Cortana? Supongamos que mi yo narrador toma en Año Nuevo la decisión de empezar a hacer dieta y a ir al gimnasio a diario. Una semana después, cuando llega la hora de ir al gimnasio, el yo experimentador le dice al Cortana que conecte el televisor y pida una pizza. ¿Qué tendrá que hacer el Cortana? ¿Tendrá que obedecer al yo experimentador o a la decisión que una semana antes tomó el yo narrador? El lector podría preguntar si Cortana es realmente diferente de un reloj despertador que el yo narrador programa por la noche para despertar al yo experimentador con tiempo suficiente de llegar puntual al trabajo. Pero Cortana tendrá mucho más poder sobre mí que un reloj despertador. El yo experimentador puede silenciar el despertador con solo pulsar un botón. En cambio, Cortana me conocerá tan bien que sabrá exactamente qué botones internos pulsar para hacer que yo siga su «consejo». El Cortana de Microsoft no está solo en este juego. Now, de Google, y Siri, de Apple, apuntan en la misma dirección. También Amazon emplea algoritmos que nos estudian constantemente y usan su conocimiento para recomendar productos. Cuando voy a una librería física, deambulo entre las estanterías y confío en mis sensaciones para escoger el libro adecuado. Cuando voy a la tienda virtual de Amazon, aparece inmediatamente un algoritmo que me dice: «Sé qué libros te gustaron en el pasado. A personas con gustos similares también les gusta este o aquel libro». ¡Maravilloso! Y esto es solo el principio. Hoy en día, en Estados Unidos, hay más gente que lee libros digitales que volúmenes impresos. Dispositivos como el Kindle de Amazon pueden acopiar datos de sus usuarios mientras estos leen el libro. Por ejemplo, nuestro Kindle puede supervisar qué partes del libro leemos deprisa y cuáles despacio, en qué página hicimos una pausa, y en qué frase abandonamos el libro y no volvimos a abrirlo. (Será mejor decirle al autor que reescriba ese fragmento). Si el Kindle se mejora con reconocimiento facial y sensores biométricos, podrá saber cómo influyó cada frase que leímos en nuestro ritmo cardíaco y tensión arterial. Podrá saber qué nos hizo reír, qué nos entristeció y qué nos enfureció. Pronto los libros nos leerán mientras los leemos. Y mientras nosotros olvidamos rápidamente la mayor parte de lo que leímos, Amazon nunca olvidará nada. Dichos datos le permitirán elegir libros para el lector con pasmosa precisión. También le permitirá saber con exactitud quiénes somos, y cómo conectarnos y desconectarnos. Al final, podríamos llegar a un punto en el que fuera imposible desconectarnos de esta red omnisciente, ni siquiera por un momento. La desconexión significará la muerte. Si las expectativas médicas se hacen realidad, la gente del futuro incorporará a su cuerpo una serie de dispositivos biométricos, órganos biónicos y nanorrobots que supervisarán su salud y la defenderán de infecciones, enfermedades y lesiones. Pero estos dispositivos tendrán que estar permanentemente conectados a la red, tanto para actualizarlos con las últimas noticias médicas como para protegerlos de las nuevas plagas del ciberespacio. De la misma manera que mi ordenador casero sufre ataques constantes de virus, gusanos y troyanos, lo mismo le ocurrirá a mi marcapasos, a mi audífono y a mi sistema inmunitario nanotecnológico. Si no actualizo regularmente el programa antivirus de mi cuerpo, un día me despertaré y descubriré que los millones de nanorrobots que recorren mis venas están ahora controlados por un pirata informático norcoreano. Así, las nuevas tecnologías del siglo XXI podrían invertir la revolución humanista, despojando a los humanos de su autoridad y confiriendo en cambio poderes a algoritmos no humanos. Si al lector le horroriza esta deriva, no culpe a los frikis de los ordenadores. En realidad, la responsabilidad es de los biólogos. Es crucial darse cuenta de que toda esta tendencia está más impulsada por descubrimientos biológicos que por la ciencia informática. Son las ciencias de la vida las que han llegado a la conclusión de que los organismos son algoritmos. Si este no es el caso, si los organismos funcionan de una manera intrínsecamente diferente a la de los algoritmos, entonces los ordenadores podrán obrar maravillas en otros ámbitos, pero no serán capaces de comprendernos ni de dirigir nuestra vida, y ciertamente serán incapaces de fusionarse con nosotros. Pero cuando los biólogos llegaron a la conclusión de que los organismos son algoritmos, desmantelaron el muro que separaba lo orgánico de lo inorgánico; transformaron la revolución informática, que pasó de ser un asunto simplemente mecánico a un cataclismo biológico, y transfirieron la autoridad de los individuos humanos a los algoritmos conectados en red. Algunas personas están ciertamente horrorizadas por esta situación, pero el hecho es que hay millones que la aceptan de buen grado. Hoy en día, en realidad, somos muchos los que cedemos nuestra privacidad y nuestra individualidad, publicamos todo lo que hacemos, vivimos conectados a la red y nos ponemos histéricos si la conexión se interrumpe aunque sea solo unos minutos. La transferencia de la autoridad de los humanos a los algoritmos se está dando a nuestro alrededor, no como resultado de alguna decisión gubernamental crucial, sino debido a una avalancha de decisiones mundanas. El resultado no será un estado policiaco orwelliano. Siempre nos preparamos para el último enemigo, aun cuando nos enfrentamos a una amenaza totalmente nueva. Los defensores de la individualidad humana hacen guardia frente a la tiranía del colectivo, sin darse cuenta de que la individualidad humana está ahora amenazada desde la dirección opuesta. El individuo no será aplastado por el Gran Hermano: se desintegrará desde dentro. Hoy, la mayoría de las empresas y los gobiernos rinden homenaje a mi individualidad, y prometen proporcionar medicina, educación y diversión personalizadas, adaptadas a mis necesidades y deseos únicos. Pero para poder llegar a hacerlo, empresas y gobiernos necesitan antes descomponerme en subsistemas bioquímicos, supervisar dichos subsistemas con sensores ubicuos y descifrar su funcionamiento por medio de potentes algoritmos. En el proceso se revelará que el individuo no es más que una fantasía religiosa. La realidad será una malla de algoritmos bioquímicos y electrónicos sin fronteras claras, y sin núcleos individuales.

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