El dilema más importante en la economía del siglo
XXI bien pudiera ser qué hacer con toda la gente superflua. ¿Qué harán los
humanos conscientes cuando tengamos algoritmos no conscientes y muy
inteligentes capaces de hacer casi todo mejor? A lo largo de la historia, el
mercado laboral se dividió en tres sectores principales: agricultura, industria
y servicios. Hasta cerca de 1800, la inmensa mayoría de la gente trabajaba en
la agricultura, y solo una pequeña minoría lo hacía en la industria y los
servicios. Durante la revolución industrial, la gente de los países
desarrollados abandonó campos y rebaños. La mayoría empezaron a trabajar en la
industria, pero un número creciente consiguió también trabajo en el sector de
los servicios. En décadas recientes, los países desarrollados han experimentado
otra revolución al ir desapareciendo los empleos industriales y expandiéndose
el sector de los servicios. En 2010, solo el 2 por ciento de los
estadounidenses trabajaban en la agricultura; el 20 por ciento trabajaban en la
industria, y el 78 por ciento, como profesores, médicos, diseñadores de páginas
web, etcétera. Cuando los algoritmos sin mente sean capaces de enseñar,
diagnosticar y diseñar mejor que los humanos, ¿qué haremos? Esta no es una pregunta
del todo nueva. Ya desde que estalló la revolución industrial, la gente temía
que la mecanización pudiera provocar desempleo masivo. Esto no llegó a ocurrir,
porque a medida que las antiguas profesiones quedaban obsoletas, aparecían
otras, y siempre había algo que los humanos podían hacer mejor que las
máquinas. Pero esta no es una ley de la naturaleza, y nada garantiza que la
cosa siga siendo así en el futuro. Los humanos tienen dos tipos básicos de
capacidades: capacidades físicas y capacidades cognitivas. Mientras las
máquinas solo competían con nosotros en capacidades físicas, siempre fue
posible encontrar tareas cognitivas que los humanos hiciesen mejor. Así, las
máquinas quedaron a cargo de tareas puramente manuales, mientras que los
humanos se centraban en tareas que requerían al menos algunas habilidades
cognitivas. Pero ¿qué ocurrirá cuando los algoritmos sean mejores que nosotros
recordando, analizando y reconociendo pautas? La idea de que los humanos
siempre tendrán una capacidad única fuera del alcance de los algoritmos no
conscientes es solo una ilusión. La respuesta científica actual a este sueño
imposible puede resumirse en tres principios sencillos:
1. Los organismos son algoritmos. Todo animal (Homo
sapiens incluido) es un conjunto de algoritmos orgánicos modelados por la
selección natural a lo largo de millones de años de evolución.
2. Los cálculos algorítmicos no se resienten de los
materiales con los que se fabrica una calculadora. Ya hagamos el ábaco con
madera, hierro o plástico, dos cuentas más dos cuentas es igual a cuatro
cuentas.
3. De ahí que no haya razón para pensar que los
algoritmos orgánicos vayan a ser capaces en el futuro de hacer cosas que los
algoritmos no orgánicos nunca conseguirán replicar o superar. Mientras los
cálculos sigan siendo válidos, ¿qué importa que los algoritmos se manifiesten
en carbono o en silicio?
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