lunes, 17 de julio de 2017

LA CLASE INUTIL

El dilema más importante en la economía del siglo XXI bien pudiera ser qué hacer con toda la gente superflua. ¿Qué harán los humanos conscientes cuando tengamos algoritmos no conscientes y muy inteligentes capaces de hacer casi todo mejor? A lo largo de la historia, el mercado laboral se dividió en tres sectores principales: agricultura, industria y servicios. Hasta cerca de 1800, la inmensa mayoría de la gente trabajaba en la agricultura, y solo una pequeña minoría lo hacía en la industria y los servicios. Durante la revolución industrial, la gente de los países desarrollados abandonó campos y rebaños. La mayoría empezaron a trabajar en la industria, pero un número creciente consiguió también trabajo en el sector de los servicios. En décadas recientes, los países desarrollados han experimentado otra revolución al ir desapareciendo los empleos industriales y expandiéndose el sector de los servicios. En 2010, solo el 2 por ciento de los estadounidenses trabajaban en la agricultura; el 20 por ciento trabajaban en la industria, y el 78 por ciento, como profesores, médicos, diseñadores de páginas web, etcétera. Cuando los algoritmos sin mente sean capaces de enseñar, diagnosticar y diseñar mejor que los humanos, ¿qué haremos? Esta no es una pregunta del todo nueva. Ya desde que estalló la revolución industrial, la gente temía que la mecanización pudiera provocar desempleo masivo. Esto no llegó a ocurrir, porque a medida que las antiguas profesiones quedaban obsoletas, aparecían otras, y siempre había algo que los humanos podían hacer mejor que las máquinas. Pero esta no es una ley de la naturaleza, y nada garantiza que la cosa siga siendo así en el futuro. Los humanos tienen dos tipos básicos de capacidades: capacidades físicas y capacidades cognitivas. Mientras las máquinas solo competían con nosotros en capacidades físicas, siempre fue posible encontrar tareas cognitivas que los humanos hiciesen mejor. Así, las máquinas quedaron a cargo de tareas puramente manuales, mientras que los humanos se centraban en tareas que requerían al menos algunas habilidades cognitivas. Pero ¿qué ocurrirá cuando los algoritmos sean mejores que nosotros recordando, analizando y reconociendo pautas? La idea de que los humanos siempre tendrán una capacidad única fuera del alcance de los algoritmos no conscientes es solo una ilusión. La respuesta científica actual a este sueño imposible puede resumirse en tres principios sencillos:
1. Los organismos son algoritmos. Todo animal (Homo sapiens incluido) es un conjunto de algoritmos orgánicos modelados por la selección natural a lo largo de millones de años de evolución.
2. Los cálculos algorítmicos no se resienten de los materiales con los que se fabrica una calculadora. Ya hagamos el ábaco con madera, hierro o plástico, dos cuentas más dos cuentas es igual a cuatro cuentas.
3. De ahí que no haya razón para pensar que los algoritmos orgánicos vayan a ser capaces en el futuro de hacer cosas que los algoritmos no orgánicos nunca conseguirán replicar o superar. Mientras los cálculos sigan siendo válidos, ¿qué importa que los algoritmos se manifiesten en carbono o en silicio?


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